Lo que debes de saber
- La matrícula en universidades privadas de EE.UU. supera los 45 mil dólares anuales, un 4% más que el año pasado.
- Hay un 15% menos de vacantes para recién egresados, pero un 26% más de aplicantes por puesto.
- Carreras «seguras» como Ciencias de la Computación ya no son garantía ante la automatización.
- Una graduada con tres pasantías envió 150 solicitudes sin éxito, evidenciando un mercado colapsado.

La apuesta más cara de tu vida (y cada vez más riesgosa)
Imagina que vas a invertir 180 mil dólares, el precio de una casa decente en muchas partes, en un producto cuyo valor de reventa nadie te puede asegurar. Peor aún, el mercado para ese producto se está encogiendo a vista y paciencia de todos. Eso no es una estafa piramidal de crypto, es la realidad que enfrentan miles de familias estadounidenses este mayo, mientras sus hijos deben «comprometerse» con una universidad en el llamado College Decision Day. CNN documenta la angustia de padres como Mary Akkerman, que ha visitado más de 30 campus y aún se pregunta, con toda razón, «¿qué diablos tiene valor hoy?» La pregunta no es filosófica, es de supervivencia económica. El tablero se movió: carreras que por décadas fueron el billete dorado hacia un futuro estable, como Ciencias de la Computación, ahora son terreno incierto porque la IA está reescribiendo las reglas del juego en la industria tech. Y lo más cabrón es que las universidades, esas máquinas de cobrar, siguen aumentando sus precios como si nada: 4% más en las privadas, llegando a 45,000 dólares al año, según el College Board. Pagas más por recibir menos certezas. El negocio redondo, pero solo para ellos.
El mito del «haz lo que amas» se estrella contra la realidad
«Antes podíamos ir a la universidad y estudiar lo que nos gustaba… Era fácil para mí encontrar trabajo, pero hoy, ya no», confiesa Kate Hilgenberg, una neoyorquina de unos 50 años, en el reporte de KTEN. Esa frase debería estar grabada en la entrada de todas las prepas. El consejo bienintencionado de las generaciones anteriores se volvió un camino directo a la deuda estudiantil y al desempleo. La historia de Alina McMahon, graduada en Mercadotecnia por la Universidad de Pittsburgh, es el ejemplo de manual. La chava hizo todo lo que le dijeron que era el «playbook» del éxito: hizo networking desde primer semestre, consiguió tres pasantías, incluyendo una en Paramount en Los Ángeles. ¿El resultado? Aplicó a 150 trabajos y lo único que escuchó fue que los puestos se eliminaban, ya fuera por la IA o por outsourcing. New York Magazine, a través de la OSU, cuenta su caso, que es la regla y no la excepción. La plataforma Handshake reporta un panorama desolador: 15% menos ofertas para egresados e internos en 2025, pero un 26% más de personas aplicando a cada una. Es una pelea por las migajas.
«Sé que esos son números de novato en este ambiente», dijo McMahon, bromeando sobre sus 150 aplicaciones fallidas. «Es muy desalentador.»
El sarcasmo en su comentario es la única defensa que le queda. Mientras tanto, los asesores universitarios, como Brianna Angelucci, admiten que «hay aún más confusión ahora que nunca». Es el eufemismo del año. No es confusión, es que el sistema educativo está obsoleto y corre detrás de una revolución tecnológica que avanza a velocidad de luz. Las familias están apostando a ciegas, guiadas por un instinto de pánico que los lleva a empujar a sus hijos hacia STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), como hizo Hilgenberg, porque «siente» que esos campos son menos susceptibles a la IA. ¿Y los que tienen vocación para humanidades, arte o ciencias sociales? La madre es clara: «No dejaría que mi hijo fuera a la escuela para ser ilustrador en este punto, porque la IA simplemente se está apoderando». Se acabó el sueño. La educación superior ya no se trata de formar ciudadanos críticos o profesionales realizados, se redujo a una simple ecuación de supervivencia laboral, y ni siquiera esa ecuación tiene solución clara.
¿Y las universidades? Cobrando, como siempre
Aquí está el detalle que nadie quiere ver de frente: la crisis es de los estudiantes y sus familias, no de las instituciones. El modelo de negocio universitario, especialmente en Estados Unidos, es casi inmune. Ellos ya cobraron. La deuda estudiantil, que supera el billón y medio de dólares a nivel nacional, es del estudiante, no de la escuela. Las universidades pueden lanzar comunicados sobre «adaptar sus planes de estudio» y «enfrentar los desafíos de la IA», pero el cash flow no se detiene. Jeffrey Selingo, autor del análisis en New York Magazine, hace un paralelismo interesante con su propia generación, que llegó justo antes del boom de internet. Él pudo surfear la ola. La generación de McMahon llegó justo cuando la ola de la IA les cayó encima. La diferencia es que el precio de entrada ahora es astronómicamente más alto. Estamos ante un cambio de paradigma tan profundo como la revolución industrial, pero con la presión añadida de que los chavos tienen que adivinar el futuro con cuatro años de anticipación y una deuda que los acompañará hasta la mediana edad. La pregunta incómoda que queda flotando es: ¿siguen valiendo la pena estos templos del conocimiento, o se están convirtiendo en un lujo caduco que solo garantiza endeudamiento? Cuando una carrera de marketing con pasantías en Hollywood no te abre ni una puerta, algo fundamental se rompió. Y no fue la IA, fue la promesa misma de la educación universitaria.


