Israel mantiene ataques en Líbano pese a alto el fuego con Irán

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Lo que debes de saber

  • El alto el fuego declarado en noviembre de 2024 no detuvo la invasión israelí del sur del Líbano.
  • La asimetría en las bajas es brutal: más de 4,000 libaneses muertos frente a 80 soldados israelíes.
  • Cerca de 1.3 millones de libaneses siguen desplazados, una crisis humanitaria silenciada.
  • El conflicto es un recordatorio de que las paces entre estados no siempre paran las guerras en el terreno.
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Tomado de: Dw

La tregua que nunca llegó al sur del Líbano

El 27 de noviembre de 2024 se declaró un alto el fuego en la guerra entre Israel y Hezbolá. Suena a final, ¿no? Pues no. Según la entrada de Es Wikipedia que documenta el conflicto, el estado del asunto es ese mismo: «alto el fuego». Pero ahí mismo, en las consecuencias, lees la letra chiquita que lo desmiente: «Israel mantiene una fuerza de ocupación en cinco puestos del sur del Líbano». Ocupación. Esa palabra no suele acompañar a la paz. La narrativa oficial de un cese de hostilidades choca frontalmente con la realidad sobre el terreno, donde la presencia militar israelí se ha convertido en un hecho permanente. Esto no es un error de redacción, es la esencia de un conflicto moderno: se firman papeles en capitales lejanas mientras la gente en la frontera sigue viviendo bajo la sombra de los tanques y el miedo. La fecha de finalización en los libros de historia ya está puesta, pero para los 1.3 millones de libaneses desplazados que menciona la fuente, el final está tan lejos como el día en que pudieron volver a sus casas. Es el clásico juego de espejos donde lo que se anuncia y lo que sucede son dos películas distintas, y el público se queda viendo la versión editada para televisión.

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Las cifras que gritan la asimetría de la guerra

Si quieres entender de qué va realmente un conflicto, no leas los comunicados de prensa, revisa las cifras de muertos. Ahí no hay retórica que valga. La página de Wikipedia, que recopila datos de múltiples reportes, ofrece un contraste que duele: 4,047 muertos en el bando libanés, frente a 80 soldados israelíes caídos. A eso súmale 46 civiles israelíes. Las matemáticas son crueles y no mienten: por cada vida israelí perdida, hay decenas de libaneses. Esto no es una evaluación moral de quién tiene razón, es un frío registro de la disparidad en el costo humano. Y el dato se vuelve más obsceno cuando ves que entre los muertos hay 226 miembros del personal sanitario y 232 refugiados sirios, como si en esta guerra los que curan y los que huyen de otra también fueran objetivo legítimo. Estas no son «bajas colaterales», son patrones. Mientras tanto, Dw reporta desde Nicaragua sobre otro tipo de limpieza, la de disidentes religiosos, recordándonos que los regímenes autoritarios tienen un manual similar: primero demonizar, luego desplazar o desaparecer. La lógica, aunque en contextos distintos, se repite: eliminar a quien piensa distinto o está en el territorio equivocado.

«Israel mantiene una fuerza de ocupación en cinco puestos del sur del Líbano» – Es Wikipedia

Esta cita, seca y directa, es el corazón del engaño. Un alto el fuego, por definición, implica un cese de la acción militar hostil. ¿Pero qué es una «fuerza de ocupación» si no la continuación de una acción militar por otros medios? Es la militarización de lo cotidiano, la normalización de la presencia armada extranjera. Es el mismo mecanismo que vemos cuando Dw describe en Chile cómo las mineras extraen la salmuera y dejan sin agua a los atacameños: una fuerza externa (económica en ese caso) se instala, altera el equilibrio fundamental de la vida y llama a eso «progreso» o «seguridad». Para Hugo Díaz, el agricultor citado en el reportaje, el agua que ya no llega es una ocupación de sus medios de vida. Para un campesino en el sur del Líbano, el soldado extranjero en la colina de enfrente es la ocupación de su futuro. La violencia no siempre es una explosión; a veces es un proceso lento de estrangulamiento.

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Tomado de: Dw

El desplazamiento masivo: la crisis invisible

1.3 millones de libaneses desplazados. Escribe ese número y déjalo ahí. Es más gente que la población total de ciudades como Querétaro o Mérida. Imagina vaciar una ciudad entera de ese tamaño y esparcir a sus habitantes por campamentos, casas de familiares y países vecinos. Ahora imagina que tu gobierno y el mundo dicen que la guerra «terminó», pero tú no puedes regresar porque tu pueblo sigue ocupado o minado. Ese es el limbo. El conflicto Israel-Hezbolá, como parte de la crisis más amplia en Oriente Próximo, ha generado un éxodo que opaca incluso la cifra de 96,000 israelíes desplazados del norte de su país. La magnitud de la catástrofe humanitaria libanesa es abrumadora, pero rara vez es el titular principal. Se habla de estrategias geopolíticas, de los cohetes de Hezbolá y la respuesta de la Fuerza Aérea Israelí, pero el drama de los millones que huyeron con lo puesto se convierte en una nota al pie. Es el mismo patrón de desatención que se ve en otras latitudes. Dw, al recordar los 50 años del golpe de Torrijos en Panamá, señala que hubo «más de 120 asesinados y desaparecidos», una cifra que durante décadas fue ignorada o minimizada frente a la narrativa grandilocuente de la recuperación del Canal. Las víctimas directas siempre son el primer borrador de la historia, el que se edita para que la historia oficial quede más presentable.

¿Y ahora qué? La paz de los vencedores

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Hay paz o no? La respuesta incómoda es que hay una paz muy particular, la que se decreta entre actores estatales y sus aliados principales. Irán e Israel pueden haber bajado el tono de sus enfrentamientos directos, pero el teatro secundario del Líbano sigue en funciones. Hezbolá, como proxy iraní, y el gobierno libanés, débil y fracturado, no tienen la capacidad ni quizás el interés en detener una dinámica que se ha vuelto crónica. Para Netanyahu o cualquier primer ministro israelí, mantener una zona de amortiguamiento en el sur del Líbano es una política de seguridad de décadas, independientemente de los acuerdos de alto el fuego. La guerra, por tanto, no termina; se transforma. Pasa de los bombardeos intensivos a una ocupación de baja intensidad, del desplazamiento masivo al regreso imposible. Las cifras de muertos bajarán, los titulares se irán a otra crisis, y el sur del Líbano se sumará a esa larga lista de «conflictos congelados» que el mundo prefiere olvidar. Pero para los que están allá, congelado es lo último que se siente. Se siente como lo que es: una ocupación militar en un país vecino, un día tras otro, con o sin tregua en el papel. Y esa es la verdadera noticia, la que no suele venir en el encabezado de un cable internacional.


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