TL;DR
- Pescadores sin dinero terminan presos por ‘tráfico de personas’ por manejar el timón
- La fiscalía admite que las cárceles están llenas de ‘pobres desgraciados’
- Condenas de 4 a 8 años por repartir comida o mantener orden en la barca
- El modelo migratorio cambió: antes mafiosos, ahora cooperativas de supervivencia
- Migrantes de Malí que nunca vieron el mar terminan presos por ‘delito marítimo’
Cuando el timón se convierte en cadena
Imagina esto: huyes de la violencia en Malí, atraviesas 1,000 kilómetros para ver el mar por primera vez, te subes a un cayuco destartalado con la única esperanza de llegar a Europa, y cuando por fin pisas tierra en Canarias, en lugar de libertad te esperan esposas y una celda. Así le pasó a Mamadou, un joven de 31 años que desembarcó un 9 de agosto de 2022 y para el día 11 ya estaba preso. Según El País, su único ‘delito’ fue manejar el timón del barco que lo trajo a España. No recibió dinero, no era parte de ninguna mafia, solo quería ser camarero, fontanero o cocinero. Por ese orden.
La fiscalía lo admite: «Pobres desgraciados» llenan las cárceles
La fiscal de Extranjería de Canarias, Teseida García García, tiene una respuesta elocuente cuando le preguntan si las cárceles están llenas de pobres desgraciados: «Pues sí». Esa confesión debería hacer sonar todas las alarmas. El sistema judicial español está criminalizando a víctimas y tratándolas como victimarios. El código penal castiga con 4 a 8 años de cárcel a quienes manejen el timón, repartan comida o mantengan el orden en la embarcación. Hasta te pueden agregar un año extra por cada cadáver que haya en el trayecto. Como si los migrantes que huyen de la muerte fueran responsables de las muertes que ocurren en el intento.
De mafiosos a cooperativas de supervivencia
Aquí está el cambio de modelo que nadie quiere reconocer: antes los patrones eran mafiosos profesionales, ahora son «pobres pescadores que buscan un viaje gratis, muchachos engañados que sueñan, como el resto de los viajeros, con un mundo mejor». El País documenta que incluso se organizan en cooperativas para alcanzar la costa anhelada. Pero la ley sigue viendo fantasmas de organizaciones criminales donde solo hay desesperación colectiva. La fiscal García García reconoce la diferencia pero insiste: «siempre hay alguien que se encarga, que lleva el control». Claro, porque en un barco a la deriva en medio del Atlántico, alguien tiene que agarrar el timón si quiere sobrevivir.
La paradoja del migrante perfecto
Piensa en la lógica retorcida: si manejas el timón, eres un traficante. Si no lo manejas, probablemente te mueras en el mar. Si repartes la poca comida que hay, eres cómplice. Si no la repartes, dejas morir de hambre a tus compañeros. Si mantienes el orden con un machete (porque en medio del pánico alguien puede volcar la barca), eres violento. Si no mantienes el orden, todos se ahogan. Es el juego de la condena perfecta: cualquier acción para sobrevivir se convierte en evidencia en tu contra.
Mamadou y los que nunca vieron el mar
Mamadou nació en una aldea de Malí donde la distancia más cercana al Atlántico supera los 1,000 kilómetros. A los cuatro años su padre lo llevó a ver «el horizonte salado» por primera vez. Veintisiete años después, ese mismo horizonte lo llevaría a una cárcel canaria. Tres años preso por un «delito marítimo» cometido por alguien que hasta entonces solo conocía el mar de lejos. Su historia no es única: cada barca que llega suele acabar con uno o dos detenidos como patrones. Son los chivos expiatorios perfectos: extranjeros, pobres, sin abogados, sin redes de apoyo.
¿Justicia o teatro de la crueldad?
El reportaje de El País muestra la hipocresía del sistema. Por un lado, Europa se llena la boca hablando de derechos humanos y protección a migrantes. Por otro, llena sus cárceles con los más vulnerables de esos mismos migrantes. Se persigue el síntoma (el viaje) en lugar de las causas (la pobreza, la violencia, la desesperación). Y mientras, las verdaderas mafias, las que se lucran con el sufrimiento a gran escala, probablemente ni siquiera aparecen en las estadísticas.
El futuro que nos espera
Mamadou salió de prisión con una sonrisa marfileña que tres años de encierro no borraron. Todavía quiere ser camarero, fontanero o cocinero. Pero lleva la marca de «traficante de personas» en su historial. España tiene una decisión que tomar: seguir llenando cárceles con pescadores convertidos en patrones por necesidad, o reconocer que criminalizar la supervivencia no es justicia, es cinismo institucionalizado. Porque cuando la ley castiga igual al mafioso que lucra con el dolor y al migrante que solo quiere escapar de él, esa ley no protege a nadie. Solo perpetúa el ciclo de miseria.


