TL;DR
- Investigadores italianos detectaron actividad bioeléctrica en abetos 14 horas antes de un eclipse solar
- La hipótesis sugiere que árboles mayores perciben fuerzas gravitatorias y alertan a los jóvenes
- El estudio mezcla sensores de alta tecnología con enfoques chamánicos que dividen a la comunidad científica
- La investigación se realizó en bosques devastados por huracanes e infestados de escarabajos
- La publicación en Royal Society Open Science da credibilidad pero también genera escepticismo
Cuando la ciencia se acuesta a mirar las copas de los árboles
Imagina esto: dos científicos, un físico y una ecóloga, caminan por un bosque italiano devastado por el huracán Vaia. Llevan sensores eléctricos, cables y una idea que suena a ciencia ficción: que los árboles tienen su propio lenguaje y que podemos descifrarlo. Según Elpais, Alessandro Chiolerio y Monica Gagliano no solo buscaban entender cómo se comunican las plantas, sino que querían usar ese conocimiento para advertir al bosque: «¡Hay un escarabajo de la corteza en la zona, defiéndanse!». Suena bien, ¿no? Como esos sueños de ecología aplicada que nos hacen sentir que la tecnología puede salvarnos de nosotros mismos.
El eclipse que cambió todo (o eso dicen)
La cosa se pone interesante en 2022, cuando durante sus mediciones ocurre un eclipse solar parcial. Los sensores pegados a los abetos rojos del bosque de Paneveggio, a casi 2,000 metros de altura, detectaron algo que no debería ser posible: una sincronización en la actividad bioeléctrica de los árboles 14 horas ANTES de que el eclipse fuera visible en Italia. No mames, ¿en serio? Según los investigadores, los árboles más viejos actuaron como centros de comunicación y respondieron antes que los jóvenes. La anticipación, argumentan, descarta que fuera la oscuridad o el frío repentino lo que provocó el cambio, porque el Sol y la Luna estaban del otro lado de la Tierra cuando empezó la actividad.
La hipótesis que te hace dudar de todo lo que sabías
Aquí es donde la cosa se pone rara, pero también fascinante. Chiolerio y Gagliano proponen que los abetos mayores, gracias a su experiencia, habrían identificado señales gravitatorias sutiles provocadas por la alineación Tierra-Sol-Luna. Y no solo eso: habrían transmitido esa información a los más jóvenes para que se prepararan. Su explicación: los árboles están compuestos principalmente por agua, y las fuerzas de marea tienen efectos medibles sobre los fluidos. En el paper publicado en Royal Society Open Science, escriben que «las posiciones relativas de la Luna y el Sol en el cielo podrían proporcionar una señal fiable del evento celeste inminente».
El problema no es lo que midieron, sino cómo lo interpretaron
Aquí está el detalle que hace ruido: Gagliano, conocida por sus investigaciones sobre comunicación vegetal, no oculta su inclinación chamánica. En el tráiler del documental «Il Codice del Bosco», dice cosas como: «Estos árboles son el otro. Son diferentes a mí. Esta experiencia es la puerta de entrada a otra experiencia un poco más profunda que dice: tú ya eres el árbol, tú ya eres el bosque, tú ya eres todo y, por lo tanto, el otro no existe». Y mientras lo dice, está tumbada mirando las copas de los árboles. No es que esté mal tener una perspectiva holística, pero cuando mezclas sensores de alta tecnología con discursos que suenan más a retiro espiritual que a metodología científica, la comunidad académica empieza a arquear las cejas.
La trifulca que nadie quiere nombrar
El título del artículo de Elpais lo dice claro: «Una trifulca entre el placer de una historia extraordinaria y el tedio de ceñirse a la ciencia». Porque aquí está el verdadero conflicto: todos queremos creer que los árboles pueden predecir eclipses. Sería hermoso, poético, revolucionario. Pero la ciencia no funciona con deseos, funciona con evidencia replicable. Y hasta ahora, este estudio es un caso aislado. No hay otros equipos que hayan replicado los resultados. No hay consenso sobre si lo que midieron fue realmente una predicción o simplemente una coincidencia estadística con otra causa no identificada.
¿Y los desastres naturales? Ahí la cosa se pone más turbia
El artículo de Elpais menciona que la investigación original buscaba entender cómo se comunican los árboles después de un desastre (el huracán Vaia) y durante una infestación de escarabajos. La idea de que las plantas puedan «avisarse» entre sí sobre amenazas no es nueva – hay estudios sobre señales químicas que emiten cuando son atacadas por insectos. Pero de ahí a decir que pueden predecir eclipses o terremotos… hay un abismo. Y es peligroso, porque cuando la gente escucha «los árboles predicen desastres», empiezan a buscar señales donde no las hay, a ignorar sistemas de alerta reales, a confiar en la «sabiduría del bosque» en lugar de en la meteorología.
La línea delgada entre descubrimiento y deseo
Lo más interesante de todo esto no es si los árboles realmente pueden predecir eclipses (probablemente no), sino por qué nos fascina tanto la idea. En tiempos de crisis climática, de bosques que mueren, de ecosistemas colapsando, queremos creer que la naturaleza tiene secretos, códigos, lenguajes que podemos descifrar para salvarnos. Queremos que los árboles sean más que madera y hojas – queremos que sean sabios, que tengan memoria, que nos enseñen. Y tal vez ahí está el verdadero valor de esta investigación: no en lo que descubrió, sino en las preguntas que nos obliga a hacernos sobre nuestra relación con el mundo natural. Porque al final, aunque los abetos italianos no puedan realmente predecir cuándo la Luna se interpondrá frente al Sol, sí nos están diciendo algo importante: que todavía no entendemos ni la mitad de cómo funciona este planeta que habitamos.


