TL;DR
- Belén Navarro, concejala del PP en Vallanca, gritó ‘¡hijo de puta!’ durante un mitin de Sánchez en Teruel
- Juanfran Pérez Llorca censuró el comportamiento pero valoró sus disculpas ‘inmediatas’
- El PP no expulsará ni pedirá la dimisión de la edil, pese a la petición del PSOE
- Llorca criticó al PSOE por ‘indultar a malversadores’ mientras pide sanciones para su militante
- El PP provincial defiende que la concejala actuó ‘a título personal’ como ‘cualquier ciudadana’
El grito que se escuchó en el silencio
En medio de un mitin socialista en Teruel, cuando el aire se quedó quieto por un momento, se escuchó nítido: «¡hijo de puta!». No fue un manifestante anónimo, ni un ciudadano cualquiera. Era Belén Navarro, concejala del PP en Vallanca, un pueblo valenciano de 128 almas que quedó a 50 kilómetros del escándalo. Elpais documenta cómo ese insulto cruzó la línea entre la crítica política y el ataque personal, y cómo el Partido Popular ahora baila entre la censura y la complicidad.
La censura que no duele
Juanfran Pérez Llorca, president de la Generalitat, salió al quite rápido. Reconoció que «lo que pasó ayer por parte de una concejala del PP no fue correcto» y que está «a la antítesis» de lo que él cree que debe ser la política. Hasta ahí, todo bien. Pero luego vino el pero. El gran pero. El pero que convierte la reprimenda en palmadita en la espalda. Llorca valoró su «reacción inmediata» al pedir disculpas y aseguró que daba el asunto por «zanjado». No la expulsará del partido. Tampoco le pedirá que dimita.
Aquí la cosa se pone interesante: según Elpais, el secretario general del PPCV, Carlos Gil, habló con ella después de que ya hubiera enviado una carta de disculpas. Y hay un detalle que pinta el panorama completo: la concejala no pudo disculparse personalmente por «la cantidad de insultos» que recibió. O sea, la que insultó al presidente del Gobierno ahora se siente víctima de los insultos que recibe. La ironía se sirve fría.
El qué dirán y el qué hago
Mientras Llorca reprochaba la actitud de su militante, no perdió la oportunidad de devolver la pelota al tejado socialista. «Ayer eso lo reclamó el PSOE, el mismo partido que no llevó a Fiscalía las denuncias por acoso a sus militantes», replicó. Y remató con el clásico «ustedes también»: «El PSOE ha indultado a malversadores, ahora se plantea indultar al Fiscal General del Estado, a gente que ha delinquido».
Pero aquí hay un problema de lógica básica: que otros hagan cosas cuestionables no justifica que tú las hagas. O mejor dicho, que las permitas en tu casa. El PP parece decir «sí, estuvo mal, pero mira lo que hacen ellos». Es la política del espejo retrovisor: siempre mirando lo que hace el de atrás para justificar tu propio camino.
La defensa institucional del acto personal
Lo más jugoso viene del PP provincial de Valencia. Según Elpais, las fuentes del partido describen a la edil como «una afiliada del Partido Popular, vecina de Vallanca, que se encontraba fuera de la Comunitat Valenciana a título estrictamente personal y que, como cualquier ciudadana, expresó de manera espontánea su opinión política».
Aquí la contradicción salta a la vista: si actúa «a título personal», ¿por qué el partido sale a defenderla institucionalmente? Si es «cualquier ciudadana», ¿por qué se identifica como concejala del PP? El partido quiere tenerlo todo: que sea militante cuando conviene y ciudadana cuando no. Que represente al PP en el ayuntamiento pero no en el mitin. Que su cargo sea relevante para ganar elecciones pero irrelevante para asumir responsabilidades.
El doble rasero que todos ven
Imaginen por un momento la situación inversa. Una concejala del PSOE grita «hijo de puta» a un líder del PP durante un acto público. ¿Creen que el PSOE la mantendría en el partido con una simple reprimenda? ¿Que diría «actuó a título personal»? ¿Que argumentaría que «cualquier ciudadana puede expresar su opinión»?
La respuesta la sabemos todos. Habría dimisión exprés, comunicado de condena, expulsión del partido y rueda de prensa pidiendo perdón a la sociedad. Pero en política, como en el fútbol, hay faltas que solo se pitan en una dirección.
Lo que queda claro es que en el PP hay insultos que se censuran pero no se castigan. Comportamientos que se «reprochan» pero se toleran. Militantes que «reconocen su error» pero conservan su cargo. Y todo esto mientras se pide «polarizar menos», como si el problema fuera el tono y no el contenido. Como si gritar «hijo de puta» al presidente del Gobierno fuera solo una cuestión de decibelios, no de respeto a las instituciones.
Al final, la concejala de Vallanca sigue en su puesto, el PP mantiene su afiliada, y Sánchez sigue siendo, para algunos, «hijo de puta». Solo que ahora, oficialmente, está mal decirlo en voz alta. Pero en voz baja, en los pasillos, en las redes, el insulto sigue ahí. Porque cuando censuras pero no sancionas, lo único que logras es que la próxima vez sea más discreto. No más respetuoso.


