TL;DR
- Solo nueve mujeres fueron diputadas en la II República y hoy casi nadie las recuerda
- Lucharon por derechos como aborto, divorcio e igualdad entre sexos décadas antes que otros países
- La misoginia de intelectuales como Azaña y Alberti las ridiculizó en su tiempo
- Francisca Bohigas, la única que no se exilió, solo tiene una biografía escrita por una académica
- El Congreso apenas reconoce a Clara Campoamor mientras las otras ocho siguen en el olvido
La memoria selectiva de un país que olvida a sus fundadoras
España tiene un problema con su memoria histórica, pero no del tipo que suele discutirse en los debates políticos. Según El País, mientras el país se debate entre bulos de redes sociales y décadas de investigación académica, hay nueve mujeres cuyos nombres «están todavía enterrados» en el olvido más absoluto. Hablamos de las únicas diputadas de la II República, las que literalmente sentaron las bases del país que pudo ser, y que hoy son tan desconocidas que en la Biblioteca Nacional apenas hay un folio sobre Victoria Kent. No mames, ¿en serio? Un folio para una de las abogadas más importantes de su tiempo.
El feminismo que llegó décadas antes de que fuera cool
Lo que más jode de esta historia es que estas mujeres estaban peleando por derechos que hoy damos por sentado, pero que en los años 30 eran ciencia ficción. El aborto, el divorcio, la igualdad entre sexos – todo eso estaba en su agenda cuando en medio mundo las mujeres ni siquiera podían votar. Miguel Ángel Villena, el historiador que rescató sus historias en «Republicanás. Revolución, guerra y exilio de nueve diputadas», lo tiene claro: este libro debería ser lectura obligatoria en los institutos. Porque si algo demuestra es que España tuvo una vanguardia feminista que luego se encargaron de borrar del mapa.
La misoginia disfrazada de intelectualidad
Aquí viene lo bueno: mientras estas mujeres peleaban por derechos fundamentales, los «grandes intelectuales» de la época se dedicaban a hacerles la vida imposible. El País documenta el «sarcasmo machista» del mismísimo Manuel Azaña hacia algunas diputadas, y la anécdota del poeta Rafael Alberti disfrazándose de payaso para asistir al Ateneo cuando ellas daban conferencias. Alberti, el gran poeta, pasaba por ahí a ver qué hacían «aquellas representantes del ‘bello sexo'» en los templos culturales. ¿Te das cuenta? Mientras ellas construían democracia, ellos jugaban al circo.
El exilio eterno y el olvido doméstico
De las nueve, solo una se salvó del exilio: Francisca Bohigas, la pedagoga derechista de quien «¿quién se acuerda?», como pregunta retóricamente Villena. La ironía es brutal – la única que no tuvo que huir del país es también la más olvidada. Y eso que Villena encontró que solo «una académica socialista le ha dedicado una biografía». Ocho se fueron al exilio, una se quedó y nadie la recuerda. En el Congreso, Francina Armengol reconoce que ya colgaron el toldo de Clara Campoamor en la galería de políticos ilustres, pero que «el esfuerzo para que se les dé el mismo reconocimiento a las otras ocho ha sido notable». Notable es una forma elegante de decir «casi imposible».
La solidaridad que rompió barreras partidistas
Lo más cabrón de todo es que estas mujeres, a pesar de representar partidos distintos – desde la Pasionaria hasta la derechista Bohigas – formaron «un equipo de solidaridad entre mujeres». En una España polarizada que se encaminaba a la guerra civil, ellas supieron ponerse de acuerdo en lo fundamental: los derechos de las mujeres. María Lejárraga, Matilde de la Torre, Julia Álvarez Resano, Veneranda García Manzano – nombres que hoy suenan a calles secundarias, pero que en su momento fueron pioneras absolutas. Y lo hicieron mientras los hombres de su propio bando las menospreciaban.
El país que pudo ser vs el país que decidió olvidar
Francina Armengol lo dijo claro en la presentación del libro: «los derechos no se conquistan nunca de forma definitiva». Y vaya que las mujeres españolas lo saben. Pero hay algo más profundo aquí: cuando un país decide olvidar a quienes lo construyeron, especialmente cuando son mujeres, está condenado a repetir los mismos errores. Villena se emocionó al recordar «las vidas anónimas de tantos y sobre todo de tantas que pusieron las bases de la democracia actual y acabaron sus días lejos de la nación a la que amaron y sirvieron». Esa es la putada histórica: amaron y sirvieron a un país que luego las exilió o las olvidó.
La pregunta incómoda que queda flotando es: ¿cuántas Franciscas Bohigas, cuántas Victorias Kent, cuántas mujeres fundamentales siguen enterradas en un folio de la Biblioteca Nacional mientras celebramos a los hombres que las ridiculizaron? España perdió la memoria, sí, pero lo grave es que perdió la memoria de manera selectiva – y esa selección siempre tiene género.


