TL;DR
- Primer ataque mortal de puma en Colorado en 25 años – la última víctima fue en 1999
- Autoridades sacrificaron DOS pumas inmediatamente, aunque aún no confirman cuál fue el responsable
- La población de pumas se recuperó de casi extinción a 4,400 ejemplares, aumentando encuentros con humanos
- Las leyes de Colorado obligan a matar al animal tras un ataque, sin importar si fue defensa propia o enfermedad
La muerte que nadie esperaba en las Rocosas
Una mujer muere haciendo senderismo en Colorado y las autoridades ya tienen dos pumas muertos. Así de rápido se mueve la maquinaria cuando la naturaleza se sale del guión. Según Elpais, otros senderistas encontraron el cuerpo hacia el mediodía en el parque de Estes, a unos 80 kilómetros de Denver. Lo que sigue es el manual de protocolo: cerrar senderos, buscar al animal, disparar primero y preguntar después.
Dos pumas muertos por una muerte sin confirmar
Aquí está el primer detalle que hace ruido: las autoridades abatieron a DOS pumas inmediatamente. Dos. No uno, buscando al responsable, sino dos. Y ahora los veterinarios analizan tejidos buscando ADN humano para ver si alguno de los sacrificados fue realmente el agresor. Katherine Van Hoose, portavoz del Departamento de Parques Naturales, dice que «hay señales de que esto encaja con un ataque de puma». Pero las señales no son certezas, y dos animales ya están muertos.
La ley del ojo por ojo (felino)
Colorado tiene una política clara: si un puma ataca a una persona, hay que sacrificarlo. Punto. No importa si fue por rabia, por gripe aviar (sí, están revisando eso también), por defensa propia o porque simplemente la víctima se metió en su territorio. La lógica es prevenir otro ataque, pero huele más a venganza que a ciencia. Lo irónico es que si no encuentran ADN humano en ninguno de los dos pumas muertos, los guardias forestales tendrán que seguir buscando. O sea, podrían haber matado a dos animales inocentes.
De casi extintos a 4,400 vecinos problemáticos
El contexto que pocos mencionan: los pumas estuvieron a punto de desaparecer en los años sesenta por la caza indiscriminada. Hoy, según las autoridades, hay entre 3,800 y 4,400 ejemplares adultos en Colorado. La población se recuperó, y con ella los encuentros incómodos. En 35 años, el Departamento de Parques Naturales ha recibido 28 notificaciones de ataques. El último mortal fue en 1999. Eso significa que en un cuarto de siglo, con miles de pumas rondando las montañas, solo ahora vuelve a ocurrir una tragedia.
El invierno cambia las reglas del juego
Los pumas viven en las alturas de las Rocosas en verano, pero cuando baja el termómetro, descienden buscando ciervos y alces. Ese movimiento estacional los pone en contacto más directo con humanos y perros. No es coincidencia que el ataque ocurriera en enero. La naturaleza no tiene calendarios turísticos, y los senderistas a veces olvidan que están de visita en casa ajena.
La pregunta incómoda que nadie hace
¿Realmente necesitamos matar sistemáticamente a cualquier puma que ataque? Los números dicen que estos felinos evitan a los humanos: 28 incidentes en 35 años, con solo dos muertes en ese periodo. Suena más a accidentes trágicos que a una epidemia de ataques. La política actual parece diseñada más para calmar el pánico público que para manejar ecológicamente una población que, recordemos, nosotros casi exterminamos.
Mientras los veterinarios buscan ADN humano en los tejidos de los dos pumas sacrificados, queda la sensación de que algo en esta ecuación no cuadra. Matamos dos animales por un ataque que aún no confirmamos al 100%, siguiendo un protocolo que prioriza la percepción de seguridad sobre la conservación. La mujer que murió haciendo lo que amaba merecía más que convertirse en justificación para una cacería preventiva. Y los pumas, que finalmente se recuperaron de nuestra caza despiadada, merecen algo más que una sentencia de muerte automática por existir en su hábitat natural.


