TL;DR
- La marca celebra 100 años con una narrativa de tradición familiar que parece más cuento de hadas que historia empresarial
- Solo cuatro ingredientes suenan bien hasta que te das cuenta que la lecitina de soya no es exactamente ‘natural’ como la pintan
- Las colaboraciones con otras marcas revelan más estrategia comercial que amor por el cacao mexicano
- La historia oficial omite detalles incómodos como quién controla realmente la empresa hoy
Un siglo de chocolate y cero preguntas incómodas
Cuando El País te cuenta la historia del Chocolate Ibarra, todo suena a cuento de hadas: Doña María y Don Camilo en su cocina de Guadalajara en 1925, una receta familiar, cuatro ingredientes naturales y cien años de éxito ininterrumpido. Pero aquí hay algo que no cuadra: ¿realmente una empresa sobrevive un siglo sin meterse en líos, sin cambios de dueño, sin adaptarse a los vaivenes del mercado más allá de lo que cuenta la versión oficial?
Los cuatro ingredientes ‘naturales’ que no son tan naturales
El artículo presume que el chocolate tiene solo cuatro ingredientes: cacao, azúcar, canela y lecitina de soya. Suena bien, hasta que te pones a pensar. La lecitina de soya, aunque sea de origen vegetal, es un emulsionante industrial que se extrae químicamente de la soya. No es que la abuelita María la sacara de su huerto. Y el azúcar, aunque sea de caña, pasa por procesos de refinación que distan mucho de lo ‘natural’ que nos quieren vender. La narrativa de pureza y simplicidad parece diseñada para un público que quiere sentirse bien consumiendo ‘tradición’, pero que no se pregunta demasiado.
De la cocina familiar al corporativo: lo que no te cuentan
La historia oficial habla de ‘innovación’ y ‘ampliación de portafolio’ con colaboraciones estratégicas con Auténtico Corajillo, Gelatinas D’Gari y Cerveza Minerva. Esto huele menos a pasión por el chocolate y más a estrategia de marketing bien orquestada. ¿Dónde quedó esa esencia familiar cuando la marca se convierte en socio comercial de cerveceras y productores de café? El artículo menciona que la empresa ‘se adapta a nuevos hábitos de consumo’, lo que en buen español significa: seguimos las tendencias del mercado para vender más.
El mito del cien por ciento mexicano
El País repite el discurso de ‘orgullo mexicano’ y ‘estandarte chocolatero nacional’, pero aquí hay que hacer una pregunta incómoda: ¿todo el cacao que usa Ibarra es mexicano? La nota no lo aclara, y en la industria chocolatera eso suele ser un detalle importante. Muchas marcas ‘mexicanas’ terminan usando cacao importado porque es más barato, pero venden la idea de producto local. Sería interesante saber si Ibarra realmente usa solo cacao mexicano o si esa parte de la tradición también se adaptó a las realidades del comercio global.
Un siglo sin mancha: demasiado perfecto para ser verdad
Lo más sospechoso de toda esta narrativa es que en cien años, según la versión oficial, todo ha sido éxito, calidad constante y tradición inalterada. En el mundo real, las empresas familiares pasan crisis, heredan problemas, se venden a corporativos, enfrentan demandas, cambian fórmulas por presión de costos. Pero en la historia de Ibarra, según El País, todo ha sido color de rosa. Eso o alguien hizo un trabajo excelente limpiando el archivo histórico.
La tradición como producto de consumo
Al final, lo que tenemos aquí es la perfecta mercantilización de la tradición: tomar una historia familiar, simplificarla, embellecerla y venderla como marca de autenticidad. El chocolate ya no es solo chocolate; es ‘símbolo atemporal de fuerza, amor y patrimonio cultural’, según la nota. Pero cuando una marca te vende emociones en lugar de solo un producto, siempre hay que preguntarse qué es lo que realmente estás comprando. ¿Una tableta de chocolate o una dosis de nostalgia empaquetada?
Lo que falta en la celebración del centenario
Mientras El País repite el discurso oficial de la marca, faltan preguntas básicas: ¿Quiénes son los dueños actuales? ¿Sigue siendo empresa familiar o ya es parte de un conglomerado? ¿Cuánto cacao realmente mexicano usa? ¿Ha habido cambios en la fórmula original? ¿Qué pasó durante las crisis económicas del país? Un siglo de historia debería tener más arrugas, más anécdotas reales, más contradicciones. Pero lo que nos ofrecen es un cuento demasiado pulido, como el chocolate mismo: dulce, suave y diseñado para que no se te pegue en el paladar.


