TL;DR
- Cecilia Giménez, de 80 años, ‘restauró’ un fresco del siglo XIX sin permiso en 2012
- Lo que parecía un crimen contra el patrimonio se convirtió en fenómeno mundial
- Borja, pueblo de 5,000 habitantes, recibió atención de medios como The New York Times y BBC
- La obra pasó de tener ‘escaso valor artístico’ a aparecer en documentales, vinos y hasta una ópera
- El caso abrió debate sobre qué es restauración y qué es destrucción en el patrimonio
La restauración que nadie pidió pero todos vieron
En 2012, Cecilia Giménez, una mujer de poco más de 80 años, decidió que el fresco del Ecce Homo en la iglesia de Borja necesitaba un retoque. Sin pedir permiso a nadie, pero «con buena intención», tomó sus pinceles y se puso manos a la obra. El resultado, según El País, fue «catastrófico, borroso e irreconocible». Jesús terminó pareciendo más un mono con gripa que el hijo de Dios. Y aquí es donde la historia se pone interesante: en lugar de quedar como el villano del patrimonio, Cecilia se convirtió en la heroína accidental de un pueblo que nadie conocía.
De desastre local a fenómeno global
Lo que nadie -ni siquiera Cecilia- podía imaginar es que su chapuza iba a poner a Borja, un pueblo de poco más de 5,000 habitantes en Zaragoza, «en la mirada de todos». El fresco, atribuido a Elías García Martínez y de «escaso valor artístico» según los expertos, de repente se convirtió en estrella de documentales, etiquetas de vino, camisetas y hasta una ópera. Medios como The New York Times, Le Monde, The Telegraph y la BBC no podían creer lo que veían: una restauración tan mala que era buena. O al menos, tan viral que valía millones en publicidad gratuita.
¿Milagro o marketing involuntario?
Elpais lo llama «desastre milagroso», y no les falta razón. Mientras restauradores profesionales se parten la cabeza para que sus intervenciones pasen desapercibidas, Cecilia logró lo imposible: hacer que todo el mundo hablara de una obra que antes solo veían los feligreses de domingo. La pregunta incómoda es: ¿realmente importaba el valor artístico original? Porque según el mismo medio, la obra de Giménez «transformó la obra… en un fenómeno mundial». O sea, el desastre tenía más valor que la obra original. Qué ironía: los expertos pasan años estudiando para restaurar con precisión histórica, y una octogenaria con buena voluntad logra más impacto con unos brochazos mal dados.
No fue la primera, pero sí la más famosa
Lo curioso es que Cecilia no fue pionera en esto de «mejorar» el arte ajeno. Elpais documenta que antes que ella, «una vecina de Sariñena que, hace más de un siglo, se atrevió a dejar constancia de sus dibujos junto a las valiosas pinturas de Fray Manuel Bayeu». La diferencia es que a esa señora nadie le hizo camisetas. Tampoco es el único caso reciente: en Sevilla, una restauración «profesional» de la Virgen de La Macarena por orden de la Hermandad provocó tal rechazo que tuvieron que dar marcha atrás. En Almería, la intervención en la muralla del siglo XI con láminas de acero generó polémica porque la ley «prohibía el uso de materiales inexistentes en el momento de la construcción original». Pero atención: esos casos fueron hechos por expertos, con permisos y todo el papeleo. Y nadie los convirtió en fenómeno viral.
El verdadero milagro: poner a Borja en el mapa
Aquí está el meollo del asunto: mientras los profesionales se pelean por materiales y técnicas, Cecilia logró lo que ningún plan de turismo cultural había conseguido. Borja pasó de ser «ese pueblo de Zaragoza» a tener su propio santo patrón del arte accidental. El fresco original mostraba a Jesús ante Pilatos, pero la versión de Cecilia mostraba algo más contemporáneo: cómo un error bien publicitado puede valer más que una obra perfecta. Hoy, la expresión «ecce homo» se usa para referirse a cualquier restauración fallida, como si Cecilia hubiera creado un nuevo género artístico: el «arte del desastre con buena intención».
¿Dónde está el límite entre restauración y destrucción?
El caso del Ecce Homo abre una caja de Pandora incómoda para los puristas del patrimonio. Si una intervención amateur genera más interés y beneficios económicos que la conservación profesional, ¿qué estamos protegiendo realmente? Elpais menciona el teatro romano de Sagunto, restaurado entre 1992 y 1994 con tal ambición que «rozó la reconstrucción total». Esos arquitectos profesionales prácticamente construyeron un teatro nuevo, pero nadie les hizo óperas sobre su trabajo. La diferencia es que Cecilia no tenía título, solo ganas de ayudar. Y en un mundo sobresaturado de perfección institucional, su imperfección resultó refrescante. O al menos, rentable.
La lección que nadie quiere aprender
Cecilia Giménez falleció a los 94 años, pero su legado sigue más vivo que nunca. Su historia nos deja una pregunta incómoda: ¿vale más el patrimonio por su valor histórico o por su capacidad de generar historias? Porque el Ecce Homo original tenía «escaso valor artístico», pero el de Cecilia puso a Borja en The New York Times. Los puristas dirán que es una tragedia, los pragmáticos que es un golpe de suerte turística. La verdad probablemente esté en medio: a veces el arte no está en lo que se pinta, sino en lo que despierta. Y si una señora de 80 años con un pincel puede despertar más interés que un equipo de expertos con todo el presupuesto del mundo, quizás deberíamos replantearnos qué significa realmente «valorar» nuestro patrimonio.


