TL;DR
- Solo 12,259 personas votaron de 139,831 posibles electores – una abstención masiva como protesta
- Los colectivos ambientales acusan al gobierno de «proceso amañado» y falta de transparencia
- La región vive con refinería, termoeléctrica, cementeras y el río Tula que recibe aguas negras del Valle de México
- Activistas documentan problemas de salud severos en niños por la contaminación ambiental
Cuando el remedio huele peor que la enfermedad
Imagina vivir donde el aire pica en los ojos, donde la vegetación ha perdido su verde natural y donde varios olores extraños se mezclan en cada respiro. Así describe Elpais el paisaje de Tula, Hidalgo, donde el 14 de diciembre la ciudadanía votó en contra de un Parque Ecológico y de Reciclaje propuesto por el gobierno federal. Pero aquí está el detalle que duele: no fue un «no» rotundo de participación masiva, sino un «ya no creemos en ustedes» expresado con el 91.23% de abstención.
La matemática del desencanto
El Instituto Estatal Electoral de Hidalgo registró una participación ciudadana de apenas 8.77%. Traducción: de 139,831 personas que podían votar, solo 12,259 lo hicieron. Los colectivos ambientalistas lo dicen sin pelos en la lengua: «Para nosotros todo el proceso era amañado. Lo impresionante es que la gente optó por no salir a votar por la falta de información. Su campaña fracasó por no hablar con la verdad».
No es apatía pura y dura. Es el resultado acumulado de décadas viendo cómo las promesas chocan contra la realidad de humo y polvo negro. Angélica Arellano, habitante de la región y fundadora de la Red de Conciencia Ambiental Queremos vivir, lleva ocho años documentando lo que significa crecer en esta zona. Su hija fue diagnosticada con problemas de alergia severos, y los médicos advierten que estos padecimientos «van a detonar en las personas de aquí a edades más tempranas y de manera más abrupta».
El infierno industrial que nadie quiere ver
Para entender el «no» hay que entender el contexto: Tula no es solo una refinería. Es la Refinería Miguel Hidalgo de Pemex, la planta termoeléctrica de la CFE, una empresa carbonera, cementeras, industrias de químicos, de plásticos, de alimentos, de metalurgia… y el río Tula, donde se vierten las aguas negras del Valle de México. Es como si alguien hubiera decidido concentrar todos los problemas ambientales del país en un solo valle.
Los activistas llevan años peleando contra las aguas residuales, especialmente desde la puesta en operación del Túnel Emisor Oriente. Tienen 22 escuelas de nivel básico alrededor del río Tula, donde niños respiran gases contaminantes que generan alergias. Cuando el gobierno federal llegó con la promesa del parque de economía circular, las dudas surgieron de inmediato.
La promesa que nadie se tragó
Aunque ahora las autoridades niegan que la basura a tratar fuera a llegar de otros estados, los ambientalistas recuerdan que inicialmente se manejó como un tema «metropolitano». Y aquí viene la cereza del pastel: en octubre de 2024, Alicia Bárcena, secretaria de Medio Ambiente, dijo que el proyecto beneficiaría al Estado de México porque «hay que ver los residuos que provienen del Estado de México, de la Ciudad [de México]».
¿Ven el problema? Primero hablan de resolver residuos metropolitanos, luego dicen que no, que solo es local. Primero prometen saneamiento integral del río Tula, luego la gente descubre que el proyecto podría convertirse en el vertedero elegante de media zona metropolitana. No es paranoia cuando tienes décadas de experiencia en promesas rotas.
Cuando la solución se convierte en otro problema
Lo más irónico de esta historia es que el parque ecológico probablemente sí ayudaría a mitigar algunos problemas ambientales. Pero la desconfianza ha crecido tanto que cualquier iniciativa gubernamental se ve con sospecha. Los habitantes de Tula, Tlaxcoapan y Atitalaquia han desarrollado lo que podríamos llamar «inmunidad a las promesas».
Han visto humo negro cubrir su paisaje por años. Han visto cómo la vegetación pierde color. Han llevado a sus hijos al médico por alergias que los doctores vinculan directamente con la contaminación. Han escuchado discursos sobre desarrollo mientras su calidad de vida se deteriora. ¿Y ahora les piden que crean en otro proyecto más?
La lección que duele aprender
El caso de Tula debería ser materia de estudio en todas las escuelas de políticas públicas. Demuestra que cuando se pierde la confianza, ni las soluciones técnicas bien intencionadas pueden avanzar. Muestra que la participación ciudadana no se mide solo en urnas, sino en décadas de abandono acumulado.
Los 12,259 votos en contra no son el problema principal. El verdadero problema son las 127,572 personas que decidieron que su voto más poderoso era quedarse en casa. Esa abstención masiva grita más fuerte que cualquier resultado electoral: «Primero cumplan lo básico, primero sean transparentes, primero demuestren que esta vez sí es diferente».
Mientras tanto, en Tula siguen respirando aire que pica, viendo vegetación sin color y preguntándose cuándo llegará el día en que una solución no venga envuelta en más dudas que certezas. Porque al final, cuando vives en lo que los medios llaman un «infierno ambiental», lo último que necesitas es que te vendan el cielo con condiciones.


