TL;DR
- 5,800 millones de mascarillas compradas a precio de oro y más de la mitad destruidas
- El exministro Spahn gastó alrededor de un euro por mascarilla cuando el mercado explotaba
- Empresas demandan al gobierno por 2,300 millones de euros por contratos incumplidos
- El virólogo Drosten reconoce que los cierres fueron decisiones políticas, no científicas
La factura del miedo: cuando comprar a lo loco sale carísimo
Imagina esto: compras 5,800 millones de mascarillas, pagas alrededor de un euro por cada una, y luego tienes que tirar más de la mitad a la basura. No, no es el guión de una mala película sobre incompetencia burocrática. Es lo que DW documenta que hizo el gobierno alemán durante la pandemia. El Tribunal Federal de Cuentas lo llamó «sobrecompra masiva», pero eso suena muy técnico para lo que realmente fue: un despilfarro monumental financiado con dinero público.
Spahn en el banquillo: entre la defensa y la evidencia
Jens Spahn, el exministro de Salud que ahora es presidente del grupo parlamentario CDU/CSU, se sentó frente a la comisión investigadora del parlamento alemán como «experto», pero todos sabían que estaba en el banquillo de los acusados. Su defensa fue clásica: «Todo el mundo quería lo mismo al mismo tiempo» y «se trataba de vida o muerte». Lo curioso es que nadie discute la urgencia del momento – marzo de 2020 fue un infierno en todo el mundo – pero pagar precios inflados por productos que luego terminarían en la basura tiene otro nombre: mala gestión.
2,300 millones en demandas: el reguero de plomo que sigue creciendo
Mientras Spahn defendía sus decisiones, unas 100 empresas preparaban sus demandas contra el gobierno alemán. El monto reclamado: 2,300 millones de euros. Aquí hay un detalle que pica: si el gobierno compró a precios altísimos durante la emergencia, ¿por qué las empresas ahora demandan? La respuesta está en los contratos incumplidos, en las promesas que se hicieron en medio del caos y que ahora el estado tiene que pagar. Es como comprarle a un vendedor ambulante durante un huracán y luego descubrir que te cobró el triple.
Drosten desnuda la realidad: política, no ciencia
El virólogo Christian Drosten, la cara más visible de la ciencia alemana durante la pandemia, soltó una bomba ante la misma comisión: los cierres de escuelas y empresas «no tuvo que ver con el asesoramiento científico». Suena fuerte, pero tiene sentido cuando lo explica: «No quiero decir que la política solo haya protegido a los empleadores», pero Alemania tiene una industria productiva enorme donde el teletrabajo no es posible. Traducción: se priorizó la economía sobre la salud en algunos casos, y se usó a los científicos como escudo.
La brecha que la pandemia amplificó
Johannes Nießen, exdirector de la mayor oficina de salud pública en Colonia, puso el dedo en la llaga: los barrios socialmente desfavorecidos tuvieron tasas de infección más altas. ¿Por qué? «Condiciones laborales precarias, difíciles de gestionar desde el punto de vista higiénico. El teletrabajo a menudo no era posible cuando se trata de trabajos poco cualificados». La pandemia no creó las desigualdades, solo las hizo más visibles. Mientras algunos podían trabajar desde casa con su laptop, otros tenían que arriesgarse en fábricas o servicios esenciales.
La lección que nadie quiere aprender
Lo más preocupante de todo esto no es el dinero tirado a la basura – aunque 5,800 millones de mascarillas destruidas debería doler hasta al contribuyente más despreocupado. Lo grave es que las mismas dinámicas que llevaron a este desastre siguen intactas: la toma de decisiones bajo pánico, la falta de transparencia en las compras públicas, y la incapacidad de proteger a los más vulnerables. La comisión investigadora se reúne desde septiembre, pero las preguntas incómodas siguen sin respuesta clara: ¿quién se hizo rico con las mascarillas sobrevaloradas? ¿Por qué no había un plan de contingencia mejor? ¿Cuánto costará realmente esta lección cuando sumemos todas las demandas?
Alemania, el país que presumía de su eficiencia teutónica, terminó haciendo lo mismo que todos: improvisar, gastar a lo loco, y luego tratar de justificar lo injustificable. La diferencia es que aquí llevan la contabilidad, y los números no mienten: cuando el miedo gobierna, la cordura sale por la ventana y la factura llega años después.


