TL;DR
- 45% más riesgo de pólipos en mujeres que consumen 9.9 porciones diarias
- Estudio siguió a 29,105 enfermeras durante 24 años
- Las grasas saturadas en ultraprocesados son el principal sospechoso
- Cáncer de intestino en jóvenes aumentó sin explicación… hasta ahora
La epidemia que nadie quería ver
Llevamos años viendo cómo el cáncer de intestino se volvía cosa de jóvenes. Primero fueron casos aislados, luego una tendencia preocupante. Los médicos se rascaban la cabeza mientras las estadísticas subían. Ahora, un estudio publicado en JAMA Oncology pone el dedo en la llaga: los alimentos ultraprocesados podrían ser los responsables de este cambio demográfico alarmante.
Según Elimparcial, el análisis encontró que las mujeres que consumían más de estos productos (9.9 porciones al día) tenían un 45% más riesgo de desarrollar adenomas tempranos. Para ponerlo en perspectiva: estamos hablando de casi el doble de probabilidades de tener lesiones que pueden convertirse en cáncer.
El experimento involuntario de 29,105 mujeres
Lo más valioso de esta investigación es que no fue un estudio de laboratorio. Durante 24 años, desde 1991 hasta 2015, el Estudio de Salud de las Enfermeras II siguió los hábitos alimenticios de 29,105 profesionales de la salud. No eran sujetos de prueba en condiciones controladas, sino mujeres reales con vidas reales, llenando cuestionarios cada cuatro años y sometiéndose a colonoscopias.
Infobae documenta que durante ese periodo se identificaron 1,189 adenomas convencionales y 1,598 lesiones serradas. La frialdad de los números esconde una realidad escalofriante: casi 3,000 mujeres desarrollaron pólipos con potencial cancerígeno mientras nadie conectaba los puntos.
Las grasas saturadas: el villano de esta película
Andrew Chan, autor principal del estudio, fue directo al grano: las grasas saturadas en los ultraprocesados «se han asociado con trastornos metabólicos relacionados con la obesidad y la diabetes tipo 2, los cuales se asocian con un mayor riesgo de cáncer de colon».
Aquí está el detalle que duele: no es que estos productos sean «malos para la salud» en abstracto. Es que literalmente están diseñados para ser adictivos y baratos, a costa de nuestra salud intestinal. La industria alimentaria sabe perfectamente que las grasas saturadas, azúcares y sal en cantidades industriales venden más. Lo que no sabíamos hasta ahora es que también podrían estar vendiendo cáncer.
¿Por qué solo ahora nos enteramos?
Lo más indignante de todo esto es el timing. El estudio del NHS II lleva décadas recopilando datos. La industria de los ultraprocesados ha crecido exponencialmente desde los 90. Y mientras tanto, las tasas de cáncer en jóvenes seguían subiendo sin que nadie hiciera la conexión obvia.
Chan lo dijo sin rodeos: «El estudio surgió a raíz de un esfuerzo por comprender qué estaba impulsando el aumento de las tasas de cáncer de intestino en personas jóvenes». O sea, tuvimos que esperar a que la situación fuera tan grave que alguien finalmente decidiera investigar seriamente.
El problema de definir lo indefinible
Ambos medios coinciden en un punto incómodo: ni siquiera hay consenso sobre qué es exactamente un alimento ultraprocesado. Infobae señala que «la clasificación de lo que constituye exactamente un UPF es objeto de fuerte debate».
Esto no es un detalle menor. Mientras los científicos discuten definiciones, la industria sigue vendiendo productos que, según este estudio, podrían estar contribuyendo a una epidemia de cáncer. Es como si estuviéramos discutiendo si el humo es gris o azul mientras el edificio se quema.
Lo que no nos están diciendo
El estudio es claro en sus limitaciones: no prueba causalidad directa. Pero aquí hay que ser honestos: cuando tienes 29,000 personas seguidas durante 24 años y encuentras una correlación del 45%, no necesitas ser estadístico para entender que algo huele mal.
Lo más preocupante es que esto no es solo cuestión de «comer mejor». Los ultraprocesados son más baratos, más accesibles y más convenientes que la comida real. Estamos hablando de un problema de salud pública que afecta desproporcionadamente a quienes menos recursos tienen.
La pregunta incómoda que queda flotando es: ¿cuántos casos de cáncer podrían haberse prevenido si esta información hubiera estado disponible hace 20 años? Y más importante: ¿qué vamos a hacer ahora que sabemos?


