TL;DR
- Qatar anuncia alto al fuego inmediato tras combates que dejaron decenas de muertos
- Pakistán atacó horas después de que expirara una tregua anterior de 48 horas
- Entre las víctimas hay tres jugadores locales de cricket, lo que provocó boicot deportivo
- Ambos países se acusan mutuamente de agresión y terrorismo transfronterizo
La tregua que nadie pidió pero todos necesitan
Qatar anuncia un alto al fuego entre Afganistán y Pakistán como si fuera noticia nueva, pero la realidad es que ya habíamos visto esta película. Según Proceso, las delegaciones de ambos países estuvieron en Doha para «conversaciones destinadas a resolver la crisis más mortífera entre ellos en varios años». Suena bien, hasta que recuerdas que hace apenas días expiró un alto al fuego de 48 horas y Pakistán respondió atacando al otro lado de la frontera.
Cricket, civiles y la guerra que no discrimina
Lo que hace diferente esta escalada de violencia no son los números -decenas de muertos y cientos de heridos- sino los detalles que duelen. Entre las víctimas de los ataques aéreos paquistaníes hubo tres jugadores locales de cricket, preparando sus cuerpos para el entierro en la aldea de Khandaro. No eran combatientes, no portaban armas, solo practicaban el deporte que une a toda la región. La junta nacional de cricket afgana, en un acto de dignidad que debería avergonzar a los políticos, decidió boicotear la serie que se avecinaba en Pakistán.
El juego de las acusaciones mutuas
Pakistán dice que sus ataques fueron contra «escondites del grupo miliciano Hafiz Gul Bahadur» y que mataron a «decenas de combatientes sin que murieran civiles». Los funcionarios afganos, por su parte, denuncian que en los bombardeos fallecieron al menos 10 civiles, «incluidos mujeres, niños y jugadores locales de cricket». Alguien miente, y las cifras no cuadran. Zabihullah Mujahid, portavoz del gobierno talibán, no se anda con rodeos: habla de «repetidos crímenes de las fuerzas paquistaníes» y «violación de la soberanía de Afganistán».
La frontera que divide y une
Estos dos países comparten 2,611 kilómetros de frontera conocida como Línea Durand, que Afganistán nunca ha reconocido oficialmente. Es como vivir con tu vecino pero negar que existe la barda que los separa. Pakistán lidia con un aumento de milicianos en áreas fronterizas y acusa a India -su vecino nuclear- de respaldar grupos armados, aunque no presenta evidencia. Mientras tanto, Afganistán niega albergar a milicianos que atacan áreas paquistaníes.
¿Mediación o teatro internacional?
Qatar y Turquía aparecen como mediadores, pero la pregunta incómoda es: ¿mediación para qué? Si el alto el fuego anterior expiró el viernes por la noche y horas después Pakistán atacó, ¿qué garantías hay de que esta nueva tregua sea diferente? Ambas partes acordaron «establecer mecanismos para consolidar una paz y estabilidad duraderas», pero suena más a frase de manual diplomático que a compromiso real.
El verdadero peligro regional
Lo que debería preocupar a todos es que esta violencia amenaza con desestabilizar aún más una región donde grupos como el Estado Islámico y Al Qaeda «están tratando de resurgir», según documenta Proceso. Potencias regionales como Arabia Saudí y Qatar piden calma, pero cuando los países más poderosos de la zona tienen que rogar por tranquilidad, es porque las cosas están realmente mal.
¿Y ahora qué?
El comunicado qatarí promete «conversaciones de seguimiento en los próximos días con el fin de garantizar la sostenibilidad del cese del fuego». Pero la sostenibilidad es lo que menos ha caracterizado esta relación fronteriza. Mientras los ministros de defensa se sientan a hablar en Doha, miles de personas asistían a oraciones fúnebres en Paktika, sentadas al aire libre escuchando sermones y condenas a través de altavoces. Esa imagen, no las declaraciones diplomáticas, es la que debería recordarnos el costo real de estos conflictos que se repiten como maldición.


